La personalidad Ozempic: el precio invisible de la delgadez extrema
La personalidad Ozempic se ha convertido en el término que usuarios y médicos emplean para describir un efecto secundario inesperado de los fármacos GLP-1: la anhedonia, esa incapacidad para disfrutar actividades que antes generaban placer. Con la semaglutida de Ozempic y Wegovy, y la tirzepatida de Mounjaro y Zepbound, alcanzar la delgadez extrema nunca fue tan sencillo. Pero un número creciente de pacientes reporta que ese cuerpo delgado llega acompañado de un vacío emocional que no esperaban.
La periodista británica Katie Glass lo describió sin rodeos en The Times. El sol dejó de importarle. Los atardeceres se volvieron indiferentes. Incluso mirar su cuerpo recién delgado en el espejo le resultaba aburrido. Glass no solo perdió peso: perdió buena parte de su vida social, porque el 90% de sus encuentros giraba en torno a la comida.

Cuando todo se siente “meh”
No hablamos de depresión clínica. Quienes atraviesan este fenómeno describen un aplanamiento emocional generalizado. Summer Kessel, dietista que trabaja con pacientes de estos fármacos, lo resumió en TikTok: se pierde la chispa de la vida, la emoción por comer saludable, por ir al gimnasio, por hacer lo que antes se amaba.
En Reddit y otros foros los testimonios se repiten con una monotonía inquietante. Las relaciones, el deporte, el trabajo y el tiempo en familia empiezan a sentirse como obligaciones. Algunos usuarios hablan de sentirse “zombies”, de perder el interés por la lectura, la música o el sexo. Otros incluso terminan relaciones de pareja o amistades sin entender bien por qué.
El mecanismo cerebral detrás de la personalidad Ozempic
Los agonistas del receptor GLP-1 imitan una hormona intestinal que regula el apetito y la glucosa, pero también actúan sobre los circuitos cerebrales de recompensa vinculados a la dopamina. Daniel Drucker, investigador pionero de estos fármacos en el Instituto Lunenfeld-Tanenbaum de Toronto, lo explica de forma directa: estos medicamentos atenúan las áreas del cerebro asociadas con el placer.
Ese mecanismo silencia el “ruido alimentario”, los pensamientos constantes sobre comida, y de paso reduce los antojos de alcohol, nicotina y otras sustancias. El problema surge cuando, en algunas personas y a ciertas dosis, el efecto se extiende más allá de la comida y embota otras vías de recompensa. Drucker distingue entre quienes “comen para vivir” y quienes “viven para comer”. Para estos últimos, el placer de una comida favorita o un cigarrillo se diluye casi por completo.
La ciencia todavía tiene huecos. Los grandes ensayos clínicos, incluido uno publicado en The Lancet con cerca de 95.000 personas, no muestran un aumento generalizado de depresión o ansiedad asociado a estos fármacos. La anhedonia tampoco aparece como efecto adverso oficial en los prospectos. Aun así, los casos anecdóticos se multiplican y algunos reportes clínicos recientes documentan anhedonia clara con tirzepatida en dosis máximas, que remite al reducir la dosis.
Ajustar la dosis, recuperar la chispa
Médicos como Spencer Nadolsky, especialista en obesidad, confirman que el fenómeno existe, aunque no afecta a la mayoría de los pacientes y suele presentarse en dosis altas. Bajar la dosis normalmente devuelve la chispa en cuestión de semanas. Algunos pacientes combinan el tratamiento con bupropión para contrarrestar el aplanamiento emocional.
El mismo mecanismo que apaga el placer también trae beneficios colaterales: muchos usuarios reducen el consumo de alcohol, dejan de fumar o disminuyen conductas compulsivas. Para quienes usaban la comida como forma de regulación emocional, sin embargo, ese vacío puede sentirse con más intensidad al principio.
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Un fenómeno amplificado por la cultura de la delgadez
El contexto cultural no ayuda. La delgadez extrema ha vuelto a imponerse como estándar estético. En la Semana de la Moda de Berlín de 2024, la marca Namilia lanzó camisetas con el lema “I love Ozempic”. Sharon Osbourne habló abiertamente de haber perdido más peso del que deseaba. Estos casos muestran cómo un medicamento diseñado originalmente para la diabetes y la obesidad se ha convertido también en herramienta cosmética.
Algunas personas terminan abandonando el tratamiento: prefieren no sentirse así solo por estar muy delgadas. Otras aceptan el costo emocional a cambio de lo que marca la báscula. Los expertos insisten en la necesidad de supervisión médica constante, ajuste de dosis personalizado y seguimiento activo de la salud mental durante todo el tratamiento.
La investigación específica sobre la anhedonia ligada a estos fármacos sigue siendo limitada. Hacen falta estudios dedicados que confirmen su alcance real. Lo que ya resulta innegable es que la personalidad Ozempic no es un simple mito de redes sociales, sino una señal de que estos medicamentos, tan eficaces para silenciar el hambre, también pueden recalibrar el placer de vivir.
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